La última generación de arquitectos
Un manifiesto por García de Alba + Ponce

Es el año 2026, desde una oficina en Río Guadalquivir, Ciudad de México, en un edificio diseñado por Javier Sánchez, primordialmente de departamentos, dos arquitectos de 26 años rodeados de ruido, smog e incertidumbre observan la posibilidad del fin de su profesión como la conocen.
Este texto no intenta ralentizar o dramatizar un problema actual;
la intención es más atacar una necesidad apasionante y muy urgente, un llamado a redefinir la profesión antes de que desaparezca para siempre.
La arquitectura hoy enfrenta una crisis existencial; no hablamos de un clásico discurso generacional que romantiza el pasado, condenando el presente. Hay una amenaza palpable y acelerada; la inteligencia artificial acecha los campos de diseño, amenazando con desaparecerlos por completo. En Estados Unidos, la arquitectura ya no se considera como un título profesional, a partir del “One Big Beautiful Bill” de Trump, según reporta Tom Ravenscroft en Dezeen, y los propios arquitectos, tanto los veteranos como los jóvenes, exhaustos de ser mal remunerados y sobrecargados de trabajo, están perdiendo la voluntad de defender al gremio.

Mientras el mundo debate el futuro del trabajo creativo, la arquitectura se encuentra en una posición muy vulnerable y de gran desventaja. Una profesión históricamente elitista y mística ahora paga el precio de su propia arrogancia; la sociedad contemporánea prefiere hoy los resultados inmediatos, generando una homogeneización del todo, una pérdida de la originalidad y unicidad de las cosas. El arquitecto tradicional que leímos en El Manantial con el vanagloriado Howard Roark, el incomprendido genio artista y solitario, parece ya no tener un lugar en el mundo actual
“La arquitectura es la voluntad de una época traducida a espacio” — Mies van der Rohe; los edificios que habitamos reflejan el espíritu de su época. ¿Qué dice de nosotros que la arquitectura actual se está diseñando principalmente para ser fotografiada, renderizada y consumida en pantallas de cinco pulgadas? Hemos construido los arquitectos en relación con la sociedad y la cultura una profesión entera que gira alrededor de las imágenes y no de las experiencias; el resultado es una arquitectura visualmente impactante pero corporalmente vacía, sin espíritu, insustancial o, en el otro espectro, una arquitectura desalmada, sin autor. Espacios que funcionan para redes de Instagram, pero que fallan en su fundamental propósito de optimizar la calidad de la vida humana.
El starchitect está muriendo; “Mientras nuestros célebres arquitectos dejan el escenario, debemos resistir la tentación de reemplazarlos”, escribe Matthew Bovingdon-Downe sobre la muerte de Frank Gehry. Muchos celebran el ocaso de un modelo que perpetró estructuras laborales injustas y cultos de personalidad insostenibles, pero puede que el villano no sea la práctica convencional como la conocemos, sino la relación del gremio con la sociedad. Hay una paradoja incómoda en todo esto; estos arquitectos que generaron estos ambientes laborales paupérrimos también fueron durante décadas los únicos defensores visibles y voceros a gritos del valor cultural, social y ecológico de la profesión; pero concentraron en individuos lo que debió distribuirse entre comunidades enteras de profesionales que dedicaron sus vidas a la arquitectura.


El gremio falló en articular colectivamente su propósito. ¿Por qué existe el arquitecto en la sociedad? ¿Qué valor aporta que no pueda ser reemplazado por ingenieros, contratistas o algoritmos de optimización? Estas preguntas fundamentales nunca fueron respondidas con claridad y ahora este vacío conceptual amenaza con erradicar la profesión.
La arquitectura se construyó sobre un secreto mal guardado, la idea de que solo unos pocos elegidos poseían el conocimiento necesario para dar forma al entorno construido. Esta mística alimentó el prestigio del oficio durante siglos, pero también lo volvió frágil. Un gremio que no puede explicar su utilidad a la sociedad no merece sobrevivir y, francamente, no lo hará.
Las herramientas BIM han demostrado que la eficiencia en la construcción puede lograrse sin el arquitecto tradicional. Software especializado genera plantas optimizadas en segundos. La IA produce más variaciones de diseño que un despacho, incluso con muchos dibujantes y arquitectos trabajando bajo presión. Si la única defensa del arquitecto es que también podemos hacer renders y alguna jerga conceptual sin sentido, entonces ya perdimos la batalla. Pero si hay algo que las máquinas aún no pueden replicar, es el pensamiento espacial anclado en la experiencia corporal humana. Ese llamado inconsciente que te lleva como ser humano a intentar buscar “la sensación de atracción y esplendor de energía y presencia” —Zumthor.
Cuando un arquitecto dibuja a mano su conocimiento inconsciente, el que se acumula después de años de habitar espacios, de medir con el cuerpo, de equivocarse y corregir, fluye a través del trazo. Este proceso no es redundante, nostálgico o anacrónico, es más bien epistemológicamente diferente a generar geometrías mediante comandos digitales y “prompts” Los edificios que verdaderamente transformarán vidas no fueron concebidos en software paramétrico, si no más bien fueron pensados en lápiz y papel, usando la imaginación, la experiencia personal, las maquetas físicas y largas horas de contemplación; fueron diseñados por personas que entendían la arquitectura como un arte sensorial; el peso del vacío de una sombra, el peso de un muro de concreto, la temperatura cambiante de la madera sin barniz, el sonido de pasos en un corredor, o la forma en que la luz natural marca el paso del tiempo en una habitación con una particular orientación.



La digitalización del proceso creativo ha democratizado el acceso a la enseñanza y a las herramientas, pero también ha homogeneizado el pensamiento. No es lo mismo comprender un sitio desde la memoria de vivirlo, que generar Frankensteins de Pinterest de “análogos” tomados fuera de contexto; cuando todos usan las mismas bibliotecas de bloques, los mismos software, los mismos atajos; el resultado es una arquitectura globalmente uniforme, sin alma y sin esencia. La particularidad se diluye, esa respuesta única a un sitio específico, a una cultura local, a una necesidad humana concreta, todo se va diluyendo paulatinamente a favor de la duplicidad, la eficiencia y la tendencia.

¿Cómo trabajamos nosotros?
En GAP Studio creemos en una aproximación diferente al proceso creativo y al menester arquitectónico. La idea no es rechazar románticamente el progreso, sino intentar buscar una resistencia consciente ante la desaparición del pensamiento crítico en la arquitectura, y aquí va cómo lo hacemos.
Nos gusta compartir el proceso completo, los croquis fallidos o irreverentes, las maquetas rotas o descartadas, las decisiones difíciles, los errores costosos y hasta las discusiones internas. La arquitectura no puede seguir siendo un club secreto incomprendido. Si no podemos explicar con claridad qué hacemos y por qué es importante, entonces merecemos la extinción.
Todos nuestros proyectos comienzan con extensas charlas, dibujo a mano alzada, referencias, modelos 3D en SketchUp y Rhino. Exportamos, calcamos, medimos a mano y con escalímetro, salimos a la calle a contar pasos y usamos el flexómetro un millón de veces al día. Ponemos a prueba nuestra propia experiencia sensorial. Imprimimos maquetas 3D o las colamos en concreto, a veces con láser y cartón batería. Si queremos que quede más estética, usamos MDF chapado y escalas humanas de Lumen. El dibujo técnico, los detalles extensos, todos son un proceso de conversar, recordar, hacer memoria de nuestras vivencias como seres humanos y llegar a conclusiones lógicas. Puede sonar arcaico, pero hacer una maqueta de terreno en cartón corrugado te puede ahorrar varios millones de pesos al analizar excavaciones.
La tecnología potencia el pensamiento manual, pero nunca lo sustituye y eso es clave para nosotros. Se convierte en una herramienta, una extensión de nuestras manos y mente. Diseñamos para el tacto, el sonido, la sombra, la textura y el paso del tiempo; un espacio exitoso no es el que genera más likes sino el que mejora la vida de quien lo habita. Si nuestros edificios funcionan solo en renders… Nuevamente, hemos fallado.



Desmantelemos el mito del genio arquitectónico mostrando el trabajo real, las horas de investigación, las 100 revisadas del Neufert y las 200 revisadas del Reglamento 2017 de construcciones del DF, la coordinación con ingenieros de todo el país y de todas edades y experiencias, las negociaciones con clientes que entienden perfecto de qué se trata esto, y con los que no tienen tanta idea, los ajustes en obra, por capricho nuestro o por capricho del cliente. La mayoría de las personas no saben cómo funciona un despacho de arquitectura y es nuestra obligación enseñarles, mostrarles el proceso completo y sin filtros, dando a su vez a entender el grandioso valor tangible e intangible que dejamos construido en el mundo después de una vida de ser diseñadores. Nos interesa más construir espacios que sigan funcionando en 3 décadas que espacios “trendy”; las modas pasan velozmente; la buena arquitectura perdura; porque responde a necesidades humanas fundamentales y no a caprichos estéticos temporales; eso, en esencia, es lo que buscamos construir. Un producto atemporal.


¿Qué viene después?
¿Seremos realmente la última generación de arquitectos?
Tal vez sí, o tal vez seremos la generación que redefinió el oficio para el siglo XXI; todavía no lo sabemos. El futuro ya no pide “arquitectos” en el sentido tradicional, lo que pide son profesionales que entiendan sistemas complejos, que tengan valores, conciencia ambiental, social y cultural; que manejen herramientas digitales, pero también manuales; que coordinen equipos multidisciplinarios, que optimicen recursos limitados, pero también pide a gritos personas que defiendan la dimensión poética y sensorial del espacio habitable, y den sus vidas en la defensa y evolución de este gremio hacia el futuro.
Técnicos hay muchos, verdaderos artistas hay pocos, y como dijo Frank Lloyd Wright, “La arquitectura es la madre de todas las artes” y eso no ha cambiado.
La pregunta no es si la IA cambiará la arquitectura porque ya lo está haciendo; la pregunta es: ¿Qué aspectos de la profesión merecen sobrevivir ante esta transformación? Nuestra respuesta: el pensamiento crítico, la sensibilidad material, la responsabilidad cultural, la conciencia y la capacidad de crear espacios que eleven el espíritu humano; esas son cosas que no se pueden automatizar. Avanzar hacia el futuro sin reflexión no es progreso, es sonambulismo. Quedarse en el pasado por costumbre tampoco es preservar la tradición; también es un bémol y es plenamente cobardía intelectual.
El verdadero reto consiste en integrar conscientemente, mantener lo esencial del oficio mientras adoptamos herramientas nuevas que genuinamente potencian nuestro alcance, no simplemente la reemplazan. Para los que vienen, los estudiantes de arquitectura actuales tienen una decisión importantísima que tomar: pueden convertirse en BIM managers, que es una habilidad valiosa pero reemplazable, o pueden comprometerse con una vida más lenta, más táctil, más profunda; pueden perseguir proyectos virales o pueden diseñar espacios que transforman vidas silenciosamente durante décadas.
El gremio necesita urgentemente jóvenes con convicción, dispuestos a luchar por su supervivencia, con visión y acción transformadora, con claridad, transparencia y honestidad radical sobre nuestro aporte a la sociedad; eso es lo que hace falta ahora. A los líderes académicos y profesionales, les decimos esto: la arquitectura que enseñan y practican determina qué versión del oficio heredará la siguiente generación; si forman técnicos de software, obtendrán técnicos de software nada más; si forman pensadores espaciales críticos con dominio tanto de herramientas manuales como digitales, se lograra construir el futuro de la disciplina y el mundo.
El título de este texto es deliberadamente provocador, pero la urgencia es real y palpable. Desde una pequeña oficina en la Colonia Cuauhtémoc, con un equipo de 8 personas y 26 proyectos en distintas fases, intentamos demostrar que otro camino es posible, uno que honra el craftsmanship, la dedicación y la total entrega por amor y pasión al arte y a la arquitectura. Uno que no rechaza el progreso, pero sí intenta celebrar la tecnología sin sucumbir a ella con todos sus tentadores atajos. Uno que defiende el misterio de la creación arquitectónica, explicándole y rompiéndole el elitismo que la rodea. Esto es difícil de lograr, pero para eso trabajamos; es nuestro propósito.
Somos muy jóvenes, pero tenemos voz y la vamos a usar.
Este es nuestro manifiesto; para nosotros la arquitectura representa una forma de vivir y trabajar que corre peligro de extinción, una forma que creemos que vale la pena preservar, no por nostalgia, sino por absoluta convicción y entrega.


Antes de verse, la arquitectura debe sentirse.
García de Alba Ponce (GAP Studio) es un despacho multidisciplinario fundado en 2022 en Ciudad de México por Alberto Ponce y Rodolfo García de Alba. Con apenas tres años de trayectoria han desarrollado 32 proyectos que abarcan desde planes maestros hasta mobiliario, defendiendo el proceso manual y el pensar humanista como base del pensamiento arquitectónico contemporáneo.
